En Puerto Vallarta, mientras las columnas de humo eran visibles desde distintos puntos de la ciudad y los videos recorrían redes sociales a velocidad de incendio, hubo algo que no apareció: la voz del alcalde Luis Ernesto Munguía González. Para él —según la narrativa oficial que nunca terminó de construirse pero tampoco de desmentirse— la crisis de seguridad simplemente no existió. Y cuando algo no existe, no se nombra. Y cuando no se nombra, no obliga a dar la cara.
La pregunta no es solo dónde estuvo durante los momentos más tensos, sino por qué guardó silencio cuando la ciudad pedía conducción política. En cualquier municipio turístico, la seguridad no es un tema accesorio: es el cimiento de la economía, de la confianza ciudadana y del prestigio internacional. Puerto Vallarta no vive solo del sol y la playa; vive de la percepción de estabilidad. Y cuando esa percepción se fractura, el silencio institucional no es prudencia, es vacío.
Mientras alcaldes de municipios en todo el país —y especialmente en Nayarit y Jalisco— publicaban puntualmente videos, mensajes oficiales y comunicados para informar a su población, explicar lo que ocurría y, sobre todo, calmar a la gente, en Vallarta predominó el valemadrismo presidencial. Hubo presidentes municipales que salieron a cuadro, que usaron sus redes personales y oficiales, que dieron la cara aunque fuera para decir que estaban coordinándose con otras autoridades. Aquí, en cambio, Luis Ernesto Munguía brilló por su absoluta ausencia. No hubo comunicado formal, no hubo mensaje institucional sólido, ni siquiera un posteo en su propio Facebook que ofreciera certeza o dirección.
En medio de escenas que preocuparon a comerciantes, hoteleros y familias enteras, la ausencia del alcalde se volvió más evidente que cualquier comunicado. No hubo posicionamiento firme, no hubo liderazgo visible, no hubo ese gesto mínimo que en política suele ser decisivo: pararse frente a la crisis y asumirla. Porque gobernar no es cortar listones en tiempos de calma, es sostener la bandera cuando el ambiente se enrarece.
Lo irónico es que durante años luchó por ser candidato, por encabezar un proyecto, por convencer de que Puerto Vallarta necesitaba una nueva dirección. Se construyó una narrativa de cambio, de compromiso con la gente, de cercanía con el pueblo. Hoy, ante la percepción de inseguridad y los episodios que encendieron la conversación pública, muchos ciudadanos se preguntan si aquella insistencia por gobernar era vocación o ambición.
La tendencia tampoco ayuda. No es la primera vez que su figura parece diluirse cuando el escenario se complica. En política, la repetición crea carácter, y el carácter de un gobierno se define en sus momentos críticos. La constante de no aparecer termina siendo, en sí misma, un mensaje. Y el mensaje que se percibe es que la administración prefiere minimizar antes que enfrentar, relativizar antes que reconocer, esperar a que el ciclo informativo cambie antes que asumir el costo político de hablar claro.
Decir que “la crisis nunca existió” sin expresarlo con palabras puede ser una estrategia cómoda para el alcalde, pero no borra la percepción social ni la inquietud de los sectores productivos. Tampoco responde a la pregunta central: ¿donde está Luis Ernesto Munguía cuando estalla una crisis? Porque el poder municipal no es una vitrina personal ni un trampolín; es una responsabilidad frente a miles de familias que exigen algo básico: presencia.
La política tiene una máxima simple: el vacío se llena. Cuando el liderazgo institucional no ocupa el espacio, lo hacen los rumores, la desconfianza y la narrativa externa. Y en un destino como Puerto Vallarta, donde la imagen lo es todo, la ausencia no es neutral. Es costosa.
Quizá el dilema no sea si la crisis existió o no en la agenda del alcalde. Está claro que el señor Munguía vio las noticias y supo lo que ocurría. El dilema es si el alcalde entonces entiende que su papel no es decidir qué realidad reconocer, sino responder a la que la ciudadanía vive. Porque al final, más que discursos o silencios, lo que queda es la sensación colectiva de acompañamiento o abandono. Y en tiempos complejos, el pueblo que durante años fue invocado para llegar al poder espera algo más que silencio.
Está claro entonces algo: Munguía vio lo que ocurría y decidió continuar haciendo lo que sea que estaba haciendo (probablemente disfrutando una deliciosa comida y descansando), y sin remordimiento decir «la verdad no me interesa, esperemos a ver que pasa».
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