La contaminación que se observa bajo el puente vehicular de la zona de La Isla, sobre el cauce hoy seco del río Pitillal, vuelve a exhibir una realidad que en Puerto Vallarta parece haberse normalizado: las descargas de aguas negras siguen apareciendo a la vista de todos, con mal olor, basura acumulada y escurrimientos oscuros, mientras la autoridad municipal guarda un silencio que ya raya en la complicidad por omisión.
La denuncia ciudadana difundida este día describe un canal que desemboca directamente en el lecho del río y que aparentemente descarga aguas residuales, generando un olor fuerte y desagradable en un punto que no es menor: se trata de una zona urbana de tránsito frecuente, cercana a comercios, restaurantes y uno de los corredores más visibles de la ciudad. No es un rincón perdido ni una cañada lejana. Es un sitio público, transitado y plenamente conocido, lo que vuelve todavía más delicado que el problema persista sin una respuesta clara, visible y contundente.
Lo más grave es que este señalamiento no irrumpe como novedad. Por el contrario, se suma a una larga cadena de reportes, quejas y sospechas sobre descargas irregulares en el cauce del Pitillal. Desde hace tiempo, ciudadanos han advertido de agua oscura, olores pestilentes y flujos sospechosos que terminan en el lecho del río. Nadie parece explicar con precisión quién descarga, desde dónde se origina el vertido o por qué no se ha clausurado de una vez una posible fuente de contaminación que, además de ensuciar el entorno, representa un riesgo sanitario y ambiental.
La escena resulta todavía más alarmante por sus consecuencias aguas abajo. Aunque el cauce esté seco en superficie en algunos tramos, esos residuos no desaparecen por arte de magia: quedan en el lecho, se infiltran, se concentran entre basura y sedimentos, y con las lluvias o los escurrimientos terminan siendo arrastrados hacia zonas de desembocadura y, eventualmente, al mar. Es decir, lo que hoy se tolera bajo un puente urbano puede terminar mañana impactando la franja costera y la calidad ambiental de las playas, en una ciudad que presume vocación turística mientras deja abiertas heridas de contaminación a cielo abierto.
Aquí no basta con boletines, jornadas de imagen o discursos de ciudad verde. Si de verdad hay compromiso con el medio ambiente, el Ayuntamiento tendría que informar de inmediato si ya inspeccionó el punto, si intervino Seapal, si existe rastreo de la descarga, si se tomarán muestras y si habrá sanciones. Todo lo demás suena a evasiva. Porque cuando las aguas negras fluyen impunes frente a centros comerciales, restaurantes y avenidas principales, ya no se puede alegar desconocimiento: se trata, simple y llanamente, de una autoridad que prefiere hacerse de la vista gorda mientras la porquería sigue su camino rumbo al mar.
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