La Razón Vallarta

PATÉTICA Y DESINTERESADA ACTIVIDAD DE LAS ENCARGADAS DE TURISMO PARA VALLARTA

La crisis turística que comienza a resentirse en Puerto Vallarta ya no puede maquillarse con boletines, sonrisas de evento ni discursos de optimismo automático. El destino arrastra un deterioro de imagen que no surgió de la nada: problemas de infraestructura urbana, deficiencias en servicios, desorden, episodios de mala gobernanza y una percepción creciente de abandono han ido erosionando la competitividad de uno de los principales motores económicos de Jalisco. En ese contexto, la pasividad de las responsables de Turismo, tanto en el ámbito municipal como estatal, empieza a ser imposible de ignorar.

Por un lado, la directora municipal de Turismo, Alejandra Cornejo, enfrenta cada vez más cuestionamientos por una gestión que luce distante de las necesidades reales del sector. En un momento en que Puerto Vallarta necesitaría una oficina activa, articuladora, cercana a empresarios, prestadores de servicios y promotores, lo que más se percibe es una presencia decorativa: fotos, eventos, apariciones públicas y poco más. Resulta todavía más desconcertante que, teniendo experiencia directa en la industria (porque es dueña de un hotel), no se advierta una estrategia sólida desde su dependencia para respaldar al empresariado local, incentivar promociones, fortalecer alianzas o reactivar la atracción de visitantes. Hay estructura, hay cargo, hay presupuesto público y hay un aparato administrativo, pero no se ven resultados acordes a la gravedad del momento. Se la pasa en viajes pagados por el erario, pero no produce ningún informe o resultado.

La lectura desde el sector turístico es cada vez más dura porque los números estacionales y la percepción comercial ya no acompañan el relato oficial. Semana Santa y Pascua dejaron, para muchos negocios, una sensación de temporada floja, por debajo incluso del año anterior, con días que debieron estar a tope y que terminaron lejos de las expectativas. El invierno, que tradicionalmente sostiene buena parte del año turístico vallartense, tampoco habría rendido como se esperaba. Y mientras eso ocurre, no se observa una agenda robusta de eventos, festivales, convenciones o acciones promocionales de gran calado que reposicionen al destino y vuelvan a ponerlo en la conversación de los mercados nacionales e internacionales.

En el plano estatal, la secretaria de Turismo, Michelle Fridman, tampoco escapa a la crítica. Su discurso, más enfocado en vender la idea del Mundial como una gran oportunidad general para Jalisco, luce particularmente superficial cuando se aterriza a la realidad de Puerto Vallarta. Apostar a que unos cuantos partidos en Guadalajara, por sí solos, derramarán turismo hacia la costa parece más una salida de propaganda que una política seria de captación de visitantes. Vallarta no puede vivir de espejismos promocionales ni de promesas indirectas; necesita campañas específicas, presencia en mercados emisores, reposicionamiento de marca, operación comercial y una estrategia urgente para recuperar al turismo nacional que claramente se está fugando hacia otros destinos, particularmente hacia la Riviera Nayarit.

Ese es otro punto delicado: mientras Puerto Vallarta pierde tracción, Nayarit gana terreno. Y no solo por nuevas inversiones o por el empuje natural de su oferta, sino también porque del lado jalisciense parece haberse instalado una preocupante inercia. El turista nacional, que antes veía a Vallarta como una opción natural, hoy compara precios, movilidad, imagen urbana, limpieza, orden y novedad, y en muchos casos termina volteando hacia el otro lado del río. Esa fuga no se detiene con poses, ni con publicaciones bonitas, ni con funcionarios asistiendo a cocteles o desfiles institucionales. Se detiene con trabajo, estrategia, gestión y calle.

Lo más grave es que Puerto Vallarta no es un destino cualquiera: es, en los hechos, la joya turística de Jalisco. Y precisamente por eso resulta todavía más alarmante el nivel de conformismo con el que parece administrarse su deterioro. Cuando una ciudad turística empieza a normalizar temporadas mediocres, servicios tensionados, imagen urbana lastimada y promoción insuficiente, entra en una fase peligrosa de decadencia lenta. Por eso la exigencia ya no debería reducirse a explicar lo que pasó, sino a corregir de inmediato. Porque si quienes encabezan el turismo municipal y estatal siguen actuando con laxitud, frivolidad o desconexión frente a la magnitud del problema, entonces no solo están fallando en su responsabilidad pública: están dejando que Puerto Vallarta pierda terreno, prestigio y futuro.

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